domingo, abril 23, 2006

de obligada lectura

En una reciente exposición en el madrileño Círculo de Bellas Artes, el arquitecto César Portela mostraba sus intervenciones en dos paisajes gallegos de singular belleza y emoción, la carballeira de Lalín y las islas de San Simón y San Antonio, en la ría de Vigo, dos lugares intactos que la bulimia turística y vacacional no ha devorado todavía con su maquinaria inapelable, y la coincidencia con la crisis marbellí animaba a preguntarse por el contraste que brindan entre lo que hemos sido y lo que somos. La carballeira, una estancia en el bosque presidida por una monumental mesa de granito donde centenar y medio de vecinos encuentran acomodo en las celebraciones comunales, es un espacio de arcaica poesía que evoca la fiesta popular y el misterio sagrado, pero a la vez recuerda el tiempo detenido de la aldea y el control asfixiante de la superstición y el hábito; las islas de la ría, emplazamiento de un antiguo lazareto y prisión, deslumbran por su naturaleza melancólica y el esplendor romántico de sus construcciones esenciales, pero también en ese mundo perdido de sillares y líquenes que el arquitecto apenas roza con acentos de vidrio late un pasado ominoso de enfermedad, castigo y aislamiento. En contraste con los paisajes triviales y ostentóreos de Marbella, con su fauna rosa de colágeno y joyón, la belleza dolorosa de los paisajes desvanecidos nos atrae con la fuerza magnética del abismo del tiempo. Sin embargo, si miramos de frente sin el velo húmedo de la emoción estética, sabremos reconocer que los nuevos paisajes de la prosperidad narcisista nos retratan mejor que esas huellas exactas del pasado, conservadas como un insecto en el azar del ámbar. Hipócrita lector, Marbella somos todos.

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